No sé. Extraño mucho a mis abuelos.
Hoy se apareció ante mí el fantasma del recuerdo. Creo que la vida es muy absurda.
Los pocos recuerdos felices que tengo de mí en la niñez son con ellos, pero también muchos de los que me recuerdan por qué fui tan miserable durante tantísimo tiempo.
Hoy que de pronto la ausencia me agarró a cachetadas y no pude más que llorar porque ya no están y por ese enojo que de pronto brotó al asimilar que mucho de su recuerdo se ha visto manchado o asociado con situaciones non-gratas, fue duro también afrontar que sí recuerdo haber sido feliz con ellos, y que quizá es la única felicidad que recuerdo en mi infancia.
Recuerdo también cuando se fueron.
Mi abuela Chayo, muy simbólicamente, se fue cuando yo por fin empezaba a vivir. Y durante años (híjole, creo que todavía) cargué el peso de la culpa por no haberme podido despedir de ella, buscando evitar espacios donde claramente yo no era bien recibido. Un último fin de año sin tristeza innecesaria, pero también un último abrazo a la medianoche que nunca llegó.
Ella no me avisó, nadie me avisó que podía pasar. Solo recuerdo recibir una llamada a la hora de la comida y llorar desconsoladamente en una escalera de incendios bajo el sol, mientras su cuerpo ya estaba en cremación. Todavía recuerdo su risa, pero ya no recuerdo su voz.
Mi abuelo Juanelo me avisó, unas semanas antes de irse. Después de una junta sentí una tristeza terrible y, en plena abstinencia de cafeína, pensé que era por eso. Pero no, unos minutos después de sentarme con esa incomodidad, me di cuenta que mi abuelo se estaba despidiendo de mí.
Cuando la noticia llegó, agradecí que me dio tiempo de procesarlo con calma y no enfrascarne en todo lo demás relacionado con su partida.
El año de Juanelo fue complicado, terminó de enfrentarme con cosas que hicieron que la dificultad de vivir subiera drásticamente y la verdad creo que aún no he recuperado el centro de antes. Incluso, en medio de la desesperanza, he pensado (con renuencia) que quizá esto es todo lo que me queda, esto es todo lo que queda de mí y no hay nada que hacer, solo aprender a ocupar este lugar.
Este espacio, en la tela universal, donde me cortaron los hilos que me sostuvieron durante toda la vida, y aún así tengo que volver a resarcirme.